Árgélus y Elena

Cuento folclórico húngaro

Érase  una vez un Rey que vivía más allá del mar de Óperencias y que tenía un manzano que producía manzanas de oro. Era un extraño árbol que floreció por el día y cada noche las manzanas crecían y maduraban. De manera que la riqueza del rey aumentaba y aumentaba.

Un buen día cuando el rey, como de costumbre, salió por la mañana a pasear alrededor de sus hermosos jardines, se dio cuenta que todas las manzanas de oro habían desaparecido. Y esto mismo ocurrió el día siguiente… y el día después también.

El rey se entristeció tanto que envió a toda su corte en busca de los ladrones, pero nadie dio con ellos por lo que su hijo, el valiente príncipe Árgélus decidió montar guardia bajo el árbol.

Cuando llegó la noche se sentó bajo el manzano y esperó.
La luna brillaba hermosa y Árgélus empezaba a sentir que un sueño profundo intentaba apoderarse de él, por lo que decidió pellizcarse para poder mantenerse despierto. Al tercer pellizco  escuchó un susurro. Miró hacia arriba y vio sobre su cabeza doce cuervos que volaban hacia el manzano. Delante iba el cuervo líder. Árgélus  lo atrapó amarrándolo por las patas, y exclamó:   -¡Te tengo, ladrón!

Pero en vez del cuervo, una hermosa niña reposaba en  sus brazos. Sus dorados rizos caían sobre sus hermosos hombros blancos.

– ¿Quién eres tú, ladrona hermosa? – Preguntó el príncipe. -¡No te dejaré nunca más!

– Soy Elena la Bella, la reina de las  hadas – dijo la hermosa muchacha – y estas son mis amigas – señaló a los otros cuervos. Pero no puedo estar contigo,  aunque nunca te olvidaré.

– Quédate conmigo – pidió Árgélus.

– No puedo quedarme – dijo el hada – pero te prometo que de ahora en adelante vendré a verte todas las noches, y no robaré más manzanas.

Al día siguiente,  para sorpresa de toda la corte  las manzanas de oro no habían desaparecido.  Árgélus no delató al ladrón. Desde entonces él y su querida hada pasaban las noches  juntos,  en secreto, al amparo del manzano. Pero en el corte  vivía una bruja vieja y malvada que les descubrió y sintiendo gran envidia quiso apoderarse del hada.

Una noche la bruja se escondió entre las matorrales y cuando los jóvenes dormían, cortó un bucle de la hermosa caballera dorada del hada,

Elena al darse cuenta
se echó a llorar, Árgélus se despertó:
– ¿Qué te pasa, querida?- preguntó

– Árgélus, no puedo quedarme contigo, alguien quiere mi poder, mira ha cortado un bucle de mi cabello,
Adiós  – dijo Elena y convirtiéndose en cuervo se fue volando.

Árgélus que no podía vivir sin su amada, se  despidió de su padre y se echó a caminar como un vagabundo en busca de Elena

Dio la vuelta al mundo  dos veces sin rastro de su hada. Preguntó a todos los que se encontró por Elena la Bella, pero nadie sabia nada de ella.

Al final llegó a un cruce de caminos donde vio a tres diablillos peleando entre si.

-¿Cuál es el motivo de vuestra diputa? – les preguntó

– Nuestro padre murió, y nos dejó como herencia  esta capa, este látigo y estas alpargatas. La  capa te hace invisible y si te pones las alpargatas y das un latigazo y gritas “¡hip-hop Que esté  donde yo quiero!” te encuentras en ese lugar al instante. Pero no sabemos cómo repartir nuestra herencia, por eso nos peleamos.

– Pues yo seré el juez – dijo Árgélus

¿Veis esas tres colinas al final del camino? Corred cada uno a la cima de una de ellas y el que primero llegue tendrá las tres cosas.

 

A los diablillos le gustó la idea, por lo que echaron a correr.

Mientras tanto  Árgélus se puso la capa y las alpargatas, dio un latigazo y grito, “¡hip-hop que esté donde  yo quiero, donde está Elena, la reina de las hadas”

De repente se encontró  delante de un palacio de cristal.

Llamó a la puerta. Una anciana le abrió.  Árgélus no sabía que era la bruja que había cortado los rizos de Elena pero ésta sí reconoció al príncipe y con engaño le dijo:
– ¡Ah, gracias a Dios que estás aquí, Árgélus, al menos podrás salvar a la princesa de la bruja! Justo a las doce de la medianoche y sólo en ese instante, ella está fuera del poder de la bruja, si entonces la besas tres veces, podrás liberarla. Pero sólo tienes tres oportunidades.
Ven, escóndete en el jardín y cuando llegue la medianoche vendrá Elena ¡Pero no te duermes!
La bruja malvada tenía un silbato mágico. Al llegar la noche silbó y Árgélus se quedó dormido profundamente. Vino Elena a medianoche, vio a su amante, y exclamó:

– ¡Despierta, mi querido! Si me besas tres veces, desharás el hechizo.

Pero Árgélus no se despertó. Por la mañana la vieja bruja le dijo:

– Vino  Elena, la reina  de las hadas, pero tú dormías como un bebé.

El segundo día, sucedió lo mismo.

Pero el tercer día, mientras la bruja dormitaba, Árgélus vio en su cuello el silbato. Lo sopló por curiosidad, y comprobó con asombro que todos los seres vivos se habían quedado dormidos.

Entonces se dio cuenta de por qué él se había quedado dormido profundamente las otras noches. Colgó el  silbato de su cuello, y cada vez que la bruja quería despertar lo hizo sonar. Así llegó la medianoche y con ella Elena.

Árgélus la besó tres veces, e inmediatamente se iluminó todo el castillo y la bruja desapareció con un gran estruendo.

Entonces Árgélus  cogió en sus brazos a Elena, se puso la capa y las alpargatas, dio un latigazo y gritó:
– ¡Hip-hop que esté donde  yo quiero, en el castillo de mi padre!

Su padre se alegró mucho al ver de nuevo a su hijo. Árgelus y Elena se casaron, invitaron a la boda al mundo entero y vivieron felices y comieron perdices. ♥

Deja un comentario