Hay que sufrir! (?)

El Camino de Santiago no es un camino de rosas. O si lo tomamos así, es un camino de rosas con espinas.

Andar alrededor de veinte kilómetros un día sí y el otro también con una carga de varios kilos en la mochila no es fácil.

Te pueden salir ampollas o puedes tener varios tipos de dolencias, cansancio, sed, monotonía etc.

El primer día es fácil. Muchos cometen el error de forzarse demasiado apenas empezar. Te cansas pero no pasa nada. Pero hay que levantarse y andar la segunda y la tercera jornada también.

Generalmente entre el cuarto y el sexto día hay un bajón, de repente te preguntas:

¿Pero qué hago yo aquí? Sufriendo, con dolores, ampollas, agotándome, oliendo sudores, y pies, sin poder dormir por los ronquidos de los demás, duchándome en agua fría porque ya no quedó caliente… ¿Qué me habré perdido yo en Santiago de Compostela? ¿Y si ya se me ha perdido algo allí, por qué no voy en avión?

 

Cuando me he encontrado en una situación como este un peregrino veterano me dijo:

-”Hay que sufrir”

Claro que no entendí por qué me dice algo semejante.

En nuestro mundo occidental el sufrimiento no está bien visto, es algo muy negativo, algo que hay que evitar a toda costa. Hasta en la publicidad nos dicen cada día que toma eso, toma aquello y dejas de sufrir en un minuto.

 

Y entonces, un quinto día, he estado andando, fatigada, sudorosa, con mucha sed ya que me he quedado sin agua, con una ampolla dolorosa en mi pie, con la mochila tirándome los hombros.

Intenté llegar a mi destino de ese día, esperando que después de subir cada colina por fin voy a ver el pueblo. Pero no fue así. Una colina después de otra, entre los campos de trigo aún sin cosechar de Navarra, pero la localidad no aparecía. Me sentí sola, perdida, el sol ya iba bajando y cuando más desesperada me sentí, de repente, como un milagro cotidiano, allí estaba la villa.

He llegado, me recibía gente amable, me ofrecían agua fresca, he podido descansar, me ayudaron curar mi pie y me sentí agradecida, alegre y feliz.

Y entonces lo comprendí.

No hubiera podido valorar el descanso sin estar cansada, ni calmar mi sed, sin sentirlo antes.

No me hubiera invadido la alegría de llegar sin encontrarme perdida, ni el goce de estar rodeada de gente sin estar sola antes.

Y entonces lo entendí:

Hay que vaciarse para poder llenarse, tenemos que aceptar los obstáculos o los desafíos aunque conlleven sufrimiento para poder crecer y superarse. Hay que dar la oportunidad de tocar fondo para poder remontar.

Todo requiere su tiempo, dolor y goce y  ninguno está sin el otro.

Desde aquel momento lo pienso y sostengo mi opinión:

No hay que buscar el sufrimiento, pero evitarlo es de cobardes.

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